
Un señor de Bilbao, de esos con boina y paraguas incluso en días despejados, encontró un pájaro espino. El ave, con sus pequeñas espinas defensivas, piaba en el borde de un charco. El señor, que se llamaba Patxi, se agachó con dificultad, sus rodillas sonaron quejándose como un viejo barco.
«¡Ay, pajarillo!», exclamó Patxi, y para sorpresa del pájaro (y quizás de sí mismo), un sollozo le rompió la voz. «¡Si supieras lo triste que estoy! Nací aquí, en estas Vascongadas, donde el cielo es casi siempre de color plomo y la alegría… la alegría hay que buscarla con lupa entre el sirimiri.»
El pájaro espino inclinó su pequeña cabeza, como si entendiera.
«Yo… yo siempre quise nacer en Sevilla», continuó Patxi, sus ojos enrojecidos. «¡En Sevilla! Con su sol que te quema la piel y te calienta el alma. Sus castañuelas, ¿sabes? El ‘clac-clac’ que te invita a bailar, no este viento que te cala los huesos. Y la gente, ¡la alegría de la gente! No como aquí, que nos cuesta una vida soltar una carcajada.» Otro sollozo sacudió su cuerpo. «Y el gazpacho andaluz… Fresquito, con su sabor a verano. No esta alubiada, que aunque está buena, te deja el cuerpo pesado y con ganas de echarte la siesta a las tres de la tarde.»
El pájaro espino dio un pequeño salto, como si quisiera consolarlo. Patxi lo miró fijamente. «Aunque, pensándolo bien», dijo Patxi, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, «si hubiera nacido en Sevilla, nunca habría conocido las anchoas de Bermeo, ni el bacalao al pil-pil. Y eso… eso sí que sería una verdadera tragedia.»
El pájaro espino revoloteó un instante y se posó en su hombro, como si aprobara su repentino cambio de humor. Patxi sonrió, una sonrisa sincera, por primera vez en mucho tiempo. Quizás, después de todo, nacer en Bilbao no era tan malo, siempre y cuando tuviera sus anchoas y un pájaro espino para escuchar sus penas.

